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| Cuentos de Lapislazuli No.1 |
El capitán McClane fingió que nada ocurría a su alrededor. Estaba repantigado cómodamente en el asiento de la oficina y los papeles cubrían todo el escritorio, pero a él eso le importaba menos que la novelucha erótica que sostenía entre las manos y que de vez en cuando le arrancaba una que otra carcajada gracias a las descripciones metafóricas de la autora.
―¿Ya llegaste a la parte donde menciona la “vara del éxtasis” atravesando la “puerta del tesoro”?
McClane levantó la mirada y se encontró con los ojos risueños de Lapislázuli. La voz poderosamente masculina le provocó calor; los labios apretados y serios se curvaron dando forma a una ambigua sonrisa. Lo de leer ese tipo de novelas para matar tiempo era un secreto entre los dos: Un pasatiempo que se convirtió en placer culposo y excusa para la procastinación.
―Todavía no, estaba absorto con la descripción de los montículos coronados con fresas salvajes que el héroe todavía no se atreve a besar. ―Dejó el libro sobre el regazo y puso su mejor expresión de seriedad–. ¿Café?
―No gracias. Me necesitan, es decir, necesitan que pronto vaya a dormir.
Al
capitán no le parecieron extrañas las palabras de Lapislázuli. Asintió curioso,
observando el ir y venir de los otros miembros de la élite de agentes a su
alrededor. Conocía esa sensación, el revuelo y la ansiedad de la calma que
antecede a la tormenta. Sintió una punzada de curiosidad por el nuevo caso,
aunque eso no era de su incumbencia puesto que no pertenecía a esa división. Él
solo estaba ahí porque la oficina de su destacamento había volado en pedazos
accidentalmente y mientras se efectuaban los trabajos de investigación lo
acomodaron allí. Eso le hacía sentirse como una mosca de fruta en un avispero
africano.
―¿Ah,
sí? –Preguntó sin saber qué otra cosa decir. Los sueños de Lapislázuli eran
peligrosos. Podía ver el pasado, el presente o el futuro en ellos. Podía ver
los oscuros secretos del alma y McClane no estaba listo para enfrentar sus
propios demonios.
―Nada
malo –respondió Lapislázuli como si le hubiera leído la mente.
Lapislázuli
le dirigió una mirada brillante acompañada con una sonrisa ancha y provocativa.
El cuerpo de McClane reaccionó tensándose y sus dedos jugaron con las páginas
amarillentas y desgastadas de la novela.
―¿Alguna
vez has soñado conmigo, McClane? –Preguntó clavando los profundos ojos verdes
en los suyos.
El
capitán se vio obligado a rehuir de esa mirada porque sentía que le desnudaba
el alma. Ningún entrenamiento militar recibido lo había preparado para las
miradas de Lapislázuli, así que tragó saliva y sonrió pensando en la manera de
eludir esa pregunta. Por supuesto que había soñado con Lapislázuli, pero no era
el tipo de sueños que se cuentan abiertamente.
―A
veces sueño con personas que conozco, pero no recuerdo lo que sueño. –respondió
vagamente. No mentía, pero tampoco decía la verdad. Así que pensó que eso
bastaría.
―No
recordar lo que sueñas es bueno –dijo Lapislázuli echando un vistazo a los
papeles desperdigados por el escritorio –No eres muy ordenado, ¿verdad McClane?
―Soy
malo con el papeleo, pero conozco mi desorden aunque mis polluelos digan lo
contrario.
Lapislázuli
asintió y lo miró con esos ojos de expresión risueña. McClane sintió de nuevo
calor, pero esta vez no eludió la mirada del joven. Sus músculos permanecieron
quietos pero no tensos, escuchó en su cabeza el sonido de los latidos del
corazón, acelerándose, y una especia de fuego recorriendo sus entrañas. Estaba
seguro que la sangre de sus venas se había convertido en lava ardiente. Sin
embargo, se mantuvo firme, como si mirar a Lapislázuli fuera un desafío, una batalla
en la que no podía capitular. El joven sonrió y McClane se preguntó en qué
estaría pensando. Se fijó en los ojos de forma almendrada cuyo verde haría a
las esmeraldas morir de la vergüenza, en la forma de la nariz recta y los
hoyuelos formados en la comisura de sus labios sonrientes. McClane pensó en lo
que sucedería si mordiera el rellenito labio inferior de Lapislázuli.
―Los
eventos desencadenantes de la mordida pueden variar según el plano en que nos
encontremos. Podrías recibir un mordisco similar. También podrías recibir un
golpe. Es posible que haya malestar, pero también podría haber satisfacción.
¿Quieres intentarlo?
El
capitán sacudió la cabeza y palideció. Horrorizado por esa intromisión en su
cabeza frunció el entrecejo y comenzó a contar mentalmente para dominar sus
pensamientos.
―No
diré que lo siento, porque de hecho lo disfruté. No sabía que tenías ese tipo
de pensamientos sucios respecto a mi persona –Lapislázuli no dejó de sonreír,
colocó una mano sobre la mejilla de McClane.
McClane
se estremeció: nunca había tocado al joven antes de ese momento. La mano que le
tocaba estaba helada, no era el frío común de una persona expuesta a la
intemperie o que ha estado en contacto con objetos fríos, no. El frío de la
mano de Lapislázuli era de otro tipo, similar al que se siente cuando se entra
en contacto con la muerte. No era agradable y erizaba la piel.
Lapislázuli
debió percatarse de la incomodidad de McClane porque apartó de inmediato la
mano. Había dejado de sonreír y lo miró ceñudo.
―No pude controlarlo. Tu forma de mirarme
despertó eso. Procura que no vuelva a
ocurrir si quieres mantener a salvo tus sucios pensamientos. Por cierto, lo que
estás buscando está debajo de la cama.
―¿Lo
que estoy buscando? –Preguntó el capitán confundido y enojado.
―Soñé
contigo.
Lapislázuli
se alejó caminando hacia su propio escritorio. McClane recordó que pasó parte
de la noche buscando la pequeña llave de seguridad del compartimento especial
del banco de datos y no la encontró en ninguna parte. Se estremeció pensando si
era eso a lo que se refería cuando dijo “lo
que estás buscando”, pero de todos modos echaría un vistazo bajo la cama
para comprobar si allí estaba.
Lapislázuli
cruzó los brazos y le sonrió al tipo que conversaba con él. McClane no pudo
evitar mirarlo mientras maldecía mentalmente por tener que compartir su espacio
con el de estos chiflados, pero cosas más extrañas se veían en esos días. Dejó
las aventuras eróticas de Lady Charlotte y el Vikingo de la vara del éxtasis
para otro día. Arrojó la novela al fondo del cajón y comenzó a llenar formas y hacer
papeleo.
Ya
le había cogido el ritmo a los informes y archivos. Despejó parte del desorden
sobre su escritorio orgulloso por estampar el sello de “Caso Cerrado” en
algunas de las carpetas de las investigaciones. Fue entonces cuando su trabajo
fue abruptamente interrumpido por la llamada de uno de sus superiores. Al
parecer tenía un nuevo caso en el cual trabajar.
Horas
más tarde el capitán McClane conducía el discreto automóvil sedan color negro
por la interestatal. En el asiento junto a él, Lapislázuli observaba las calles
en silencio.
―Dicen
que eres una especie de psíquico. Como el que aparece en la tele, ya sabes, el
tipo ese que habla con los muertos. –El comentario pareció inapropiado pero a
McClane no se le ocurrió decir otra cosa para interrumpir el denso silencio
entre los dos.
―El
tipo es un charlatán. No se puede hablar con los que fueron llevando esa sonrisa en la cara. Los que vagan en la
tierra muchas veces no tienen nada positivo que decir–. Lapislázuli bostezó y
entrecerró los ojos, posiblemente tenía sueño. Entonces pegó un grito– ¡Frena!
¡Frena, maldita sea!
McClane
frenó y miró a su alrededor. La calle del barrio residencial de aquel pueblucho
cercano a Nueva Orleans estaba solitaria. Un par de niños jugaban en la acera
con soldaditos de plástico y una mujer podaba el césped. Lapislázuli suspiró y
sonrió.
―Hablando
de los que fueron… Solo fue una niña
imprudente. Continuemos.
―¿Qué
niña? –McClane miró a lado y lado de la calle visiblemente consternado. Después
echo un vistazo interrogante a Lapislázuli.
―Por
eso no puedo conducir. A veces son demasiado físicos y tiendo a confundirlos
con los vivos, pero eso sucede cuando llevan poco tiempo después de separarse
de sus cuerpos, cuando todavía no se han hecho a la idea de que ya no deberían
estar en este plano.
McClane
condujo despacio, manteniendo un estado de alerta. No debería sorprenderle
tanto que Lapislázuli le hablara de esas cosas, pero a él le helaba la sangre
porque el tema de lo sobrenatural le producía cierto escozor. Cuando era
pequeño había sido testigo del enfrentamiento armado entre la policía y un
delincuente juvenil de los barrios bajos de Nueva York. Vio al hombre morir
baleado y nunca olvidaría sus ojos oscuros puestos fijamente en él. Durante
varios meses después de aquello, Bruce McClane despertaba asegurando que todas
las noches veía a ese pandillero junto a su cama y hasta podría jurar que escuchaba
sus pasos rondando por la habitación y el sonido de su respiración cuando se
acercaba a su rostro.
―Y
el frío recorriendo mi nuca, erizando el vello de mi piel. Eso nunca se olvida
–relató a Lapislázuli y después lo miró como si esperara una respuesta.
―Los que ya fueron se apegan a los vivos
y los siguen donde quiera que van. Acechando. Esperando.
―¿Qué
esperan?
―La
oportunidad para ocupar tu lugar. No siempre lo consiguen, pero a veces se
salen con la suya. Es lo que los doctores de la iglesia denominan “posesión”.
–Colocó su mano enguantada sobre la de McClane. Pese al material sintético el capitán
pudo sentir el frío entrando en contacto con su piel y se estremeció.
Se
detuvieron frente a una casa en los suburbios. La cinta policial todavía estaba
puesta en la entrada. Los dos bajaron del vehículo y echaron un vistazo por los
alrededores.
―¿Sientes
algo? –Preguntó McClane mirando con curiosidad a Lapislázuli.
―¿Debería?
–Respondió risueño.
McClane
bufó y después de asegurarse que no había nada extraño ingresaron a la casa
haciendo caso omiso a la advertencia: “Escena
del Crimen. No Pasar.”
Olía
a polvo, pero había otro aroma más penetrante, uno metálico y bien conocido.
Sangre. McClane observó el rostro taciturno de Lapislázuli preguntándose qué
clase de broma los colocó a los dos en esa investigación, puesto que
pertenecían a mundos completamente diferentes y campos de acción que nada
tenían que ver.
Tuvo
cuidado de no pisar la silueta delineada en el suelo, la cual señalaba el lugar
donde la policía encontró uno de los cadáveres. Las salpicaduras de sangre en
las paredes y la mancha de sangre en el suelo hablaban de la violencia de lo
que quiera que sucedió en aquella casa.
Asesino
en serie, dijeron los especuladores. Locura colectiva, dijeron los expertos.
McClane no estaba seguro de nada, simplemente recordaba el vídeo capturado por
la policía en el momento del hallazgo. Cinco cadáveres: Dos adultos, dos
adolescentes, un niño. Todos con marcas e indicios de posible suicidio. No se
encontraron ventanas o puertas forzadas que indicaran el ingreso de
perpetradores a la vivienda.
La
policía había registrado casi todo, especialmente los lugares donde se
encontraron los cuerpos. No hubo indicio de rituales macabros, tampoco se veía
como si las víctimas hubiesen intentado defenderse. Lo curioso fueron los
decesos en sí: casi todos entre las tres y cuatro de la madrugada, según dijo
el forense. Se cortaron las venas, pero antes se desfiguraron los rostros y se
clavaron diversos objetos en el pecho. Las huellas indicaron que
lo hicieron las víctimas por cuenta propia, pero el hecho de que un pequeño
niño de cinco años tuviera el mismo patrón de heridas y cortes desvió el
interés de la policía a otras hipótesis diferentes del suicidio.
Pero
McClane no estaba ahí por esas hipótesis, sino porque según las investigaciones
no era la primera vez que se registraba un hecho similar. Hubo un caso similar
cinco años atrás. La naturaleza del hecho indicaba que la policía no estaba
preparada para lidiar con una investigación paranormal y por eso los enviaron a
ellos.
Se
encontraron con otra silueta en el piso de la cocina del hogar, posiblemente el
ama de casa. McClane se agachó para observar bajo la estantería de la cocina.
Una cucaracha se movió velozmente y desapareció tras la sombra del refrigerador
de viejo modelo. Lapislázuli estaba tocando objetos al azar en la cocina. Se
agachó junto a la marca dejada por la policía y examinó la mancha carmesí seca
y pegada al piso de color gris.
―La
policía se llevó los cuchillos para examinarlos –habló McClane poniéndose de pie–.
Todos los cuerpos fueron hallados en el primer piso de la casa. ¿Sabes si
examinaron las habitaciones de la segunda planta?
―Sí,
pero según ellos no encontraron nada sospechoso. También buscaron en el ático
por si hallaban huellas de algún sospechoso ingresando por la ventanilla. La
casa no tiene sótano.
―Tengo
el presentimiento de que algo se les ha escapado. Falta una pieza en este
rompecabezas.
Lapislázuli
levantó los hombros y se dirigió a la segunda planta. McClane tuvo deseos de
preguntarle qué estaba sintiendo, pero se mordió la lengua. Mejor no molestar
al joven con estupideces de novato; si él no había mencionado algo al respecto
era porque todavía no sucedía nada. Lo siguió por las escaleras observando con
perspicacia los cuadros decorativos de la pared, especialmente el cuadro de la
familia de cuatro miembros. La carne se le puso de gallina.
Nada
en la habitación del matrimonio. Una cómoda llena de ropa bien organizada,
muebles de madera, rústicos pero bien cuidados. Se notaba que el ama de casa
puso esmero en mantener su vivienda organizada. McClane se asomó y miró a
través del cristal de la ventana. Solo se observaba un vecindario tranquilo y
la caseta del perro.
―¿Qué
hay de la mascota? –Preguntó a Lapislázuli en voz alta para que el joven le
escuchara desde donde estaba.
―En
el informe policial no se registró nada relacionado con mascotas. Tampoco hay
animales en el vídeo forense. –Caminó hacia McClane y vio la caseta del perro–
¡Oh! ¿Crees que la familia tenía un perro?... No vi comida para perros en la
despensa, y esa casita parece algo abandonada.
―¿Sabemos
algo del anterior propietario? Posiblemente tuvo un perro y dejó la caseta
cuando se mudó. Además no está de más investigar si no hubo nada raro antes.
–Metió las manos en los bolsillos de su abrigo y fue a echar un vistazo a la
habitación contigua.
Sintió
escalofrío tan solo con abrir la puerta. Era el cuarto del niño pequeño y
parecía intacto con los cochecitos desparramados por el suelo. Una manta de
colores con diseño de personajes de Disney tendida sobre un sillón. Un libro de
cuentos sobre el nochero. Almohadones sobre la cama. McClane abrió los cajones
de la cómoda pero solo encontró ropa de niño bien organizada.
―¡Ven
a ver esto! –Llamó Lapislázuli desde la otra habitación.
McClane
siguió la voz del joven. Lo encontró en la recamara del adolescente. Las
paredes estaban tapizadas con afiches de bandas de punk-rock y en el techo la
imagen de una mujer en bikini estrella de un póster que patrocinaba cerveza.
―¡Adolescentes!
Este ya había comenzado a experimentar un poco consigo mismo. –Comentó después
de echarle un vistazo a la chica en bikini. Lapislázuli estaba absorto mirando
por la ventana así que él siguió su mirada–. Buen trabajo. Creo que ya
encontramos a la mascota.
―¿A
qué edad iniciaste la experimentación contigo mismo? –Preguntó el joven
apartándose de la ventana para no ver la imagen del perro ahorcado colgando de
la rama más alta del árbol.
―No
me acuerdo. –McClane usó un tono de voz más serio.
―¿Te
ayudo a recordar? –Sonrió su acompañante echándole un vistazo al interior de
los cajones del antiguo propietario de esa habitación–. Fue a los doce años. En
la mañana, cuando el vecino de veinte salía sin camisa a podar el jardín. Eran
vacaciones de verano.
McClane
se puso rojo y apretó los dientes sintió deseos de estamparle un puñetazo en la
cara a Lapislázuli, quien lo miraba con expresión de victoria en el rostro.
―Si
me esfuerzo más puedo recordarte el color de la camiseta que usaste para
limpiar la mancha que dejaste estampada en la pared aquella mañana.
―No
es gracioso. ¡Fenómeno! –Entornó la mirada y fue a echar un vistazo al
escritorio escuchando la carcajada de Lapislázuli.
El
sonido de su risa le produjo una sensación de enojo, el joven le parecía
irritable y le hacía sentirse impotente porque sabía que no podía escapar de su
“percepción extrasensorial”. Si no estuvieran en el mismo bando posiblemente le
habría puesto un balazo en la cabeza.
―¿Te
preguntaste entonces por qué eras diferente de los otros muchachos?
McClane
se sorprendió con la pregunta que le formuló Lapislázuli y enarcó las cejas al
mirarlo.
―Que
pueda ver algunos hechos no quiere decir que siempre sepa lo que están pensando
o sintiendo sus protagonistas en esos momentos. Y me acaba de picar el bichito
de la curiosidad. Cuando te masturbaste la primera vez mirando al vecino, lo
supiste, ¿verdad?
―Creo
que fue después. Cuando fui con los muchachos a espiar a una prostituta del
Bronce llamada Sally Logan. Pero este no es el lugar ni el momento para hablar
de estas cosas. –Con seriedad se volvió para inspeccionar el armario. No había
nada excepto el desorden de ropa revuelta. Echó un vistazo a su alrededor y
fijó la mirada en el escritorio– ¿Se llevaron la computadora?
―Sí.
El informe mencionó una vieja computadora marca Hewlett-Packard. Nada
interesante en el disco duro. Unas cuantas descargas pirata de música y videos.
Pornografía corriente y cosas de adolescente quinceañero. Nada extraño en
correos electrónicos, salas de chat o redes sociales. Parecía ser un chico
común y corriente.
Era
una pena. Las computadoras eran su área de interés porque normalmente estaba
investigando asuntos de tipo informático. Tuvo el impulso de fumar un
cigarrillo para aliviar el estrés pero se contuvo. No podía contaminar la
escena de un crimen. Se preguntó si Lapislázuli se sentía cómodo con esa
investigación. Posiblemente no, porque había tocado objetos y acariciado
paredes sin sentir la “iluminación divina”.
Había
algo más, algo que se le estaba escapando de los dedos pero no sabía con
exactitud qué era. Caminó hacia la salida y de pronto se volvió para echar un
último vistazo a la habitación.
“Por cierto, lo que estás buscando
está debajo de la cama.” Con esas palabras en mente caminó
directamente hacia la cama y echó un vistazo. Zapatos desordenados. Latas de
refresco. Una botella de tequila. Una cajetilla de cigarrillos a medias. Un
coche de carreras tallado en madera. Posiblemente la policía ya había
registrado ahí y habían visto las mismas cosas que él, pero algo en su interior
le decía que debía seguir buscando. Extendió su brazo bajo la cama para hacer a
un lado toda esa basura superficial y vio lo que buscaba.
Era
una Tablet de modelo reciente y marca costosa. Se volvió para mirar a
Lapislázuli, interrogándolo con la mirada.
―No
era mi búsqueda. Fue a ti a quien vi en mi sueño. Te vi buscando algo bajo la
cama, pero no sabía los detalles. –Se acercó curioso y miró el objeto con
curiosidad. McClane alargó el brazo para que lo tocara, pero Lapislázuli
sacudió la cabeza y dio un paso hacia atrás.
La
tecnología atraía a McClane como la miel a las abejas. El capitán no tardó en
sentarse y reiniciar el equipo como experto en informática no le costó
examinarla. Encontró archivos fechados el mismo día de las ejecuciones, visitas
a diferentes páginas de internet. Se detuvo cuando un fichero lo llevó a un
archivo cifrado. Al decodificarlo encontró un vídeo.
―Fue
lo último que reprodujeron aquella madrugada.
―Tengo
un mal presentimiento–. Lapislázuli suspiró sentándose junto a McClane–. Me
recuerda a una leyenda urbana. La de los adolescentes que observan un vídeo
maldito y un ser demoniaco hace que se maten unos a otros.
―Hay
muchas leyendas urbanas acerca de videos malditos, muchas son ficción, otras
son mi trabajo y no creo en maldiciones. Tuvimos un caso similar hace dos años:
Un grupo de veinteañeros universitarios se suicidaron de manera colectiva
después de ver un video estúpido. Resultó tratarse de un programa lavacocos
bien camuflado–. Le dirigió una mirada al joven, Lapislázuli recostó la cabeza
contra su hombro y pareció relajado, pero McClane se tensó al sentir el aroma
suave de su acompañante.
El
capitán agarró la mano de Lapislázuli entrelazando sus dedos. Sintió el frío penetrando
cada capa de su piel y pese a que los dos usaban guantes, tuvo la sensación de
estar aferrado a la mano de un cadáver. Entonces tocó la pantalla y el vídeo
comenzó a reproducirse.
El
video era en tono sepia y duraba treinta minutos. Mostraba una habitación
espaciosa y pulcra en la que solo había dos objetos. Uno era un armario contra
una pared, el otro, una silla en el centro del cuarto. Los segundos corrían,
pero la cámara estaba estática. No había sonido o imagen diferente. Solamente
esa habitación, el armario y la silla.
En
el minuto quince se escuchó el sonido de una canción, como esas que reproducen
las cajitas de música que duró solo un minuto exacto. Entonces la puerta del
armario comenzó a abrirse lentamente: había una sombra alojada en el interior,
entre las ropas. La silla continuaba estática.
―Hola.
¿Quién eres? –Lapislázuli habló, pero su voz no era la misma de siempre. Había
algo diferente en ella, en su manera de pronunciar cada palabra, un acento
particular que arrastraba las sílabas.
McClane
se sintió turbado. En algún momento Lapislázuli había vuelto la mirada hacia el
armario. Las puertas se habían abierto y varias prendas de ropa del adolescente
fueron arrojadas al otro lado de la habitación. El capitán sintió que un
estremecimiento violento recorría su cuerpo. Había algo ahí, no podía verlo,
pero sabía que Lapislázuli sí. Volvió la mirada al vídeo. No había cambios en
la imagen, pero el reproductor se detuvo por sí mismo en el minuto veinte.
Lapislázuli
soltó la mano de McClane para ir directamente hacia el armario. Estaba
conversando con la presencia. Le preguntaba quién era y a qué había venido.
Guardaba silencio y después seguía preguntando. Algo mencionó de los asesinatos,
pero McClane perdió el hilo de la conversación porque se hundió una sensación
de abandono y soledad, como si le hubieran amputado la mano que antes sujetaba
el joven.
El
vídeo continuó reproduciéndose como por arte de magia. En silencio McClane vio que
en la silla se había sentado un sujeto, parecido a Lapislázuli, pero no era
Lapislázuli, de eso estaba seguro. El ser del armario salió. Era una sombra que
se proyectaba por las paredes, a veces por el techo. Se mimetizó con la sombra
del hombre sentado en la silla y el video terminó.
McClane
permaneció quieto. No escuchó sonidos en la habitación. Cerró los párpados y
trató de concentrarse. ¿Dónde había ido Lapislázuli? ¿Era él el sujeto del
vídeo? ¿Cómo se metió ahí? ¿Tenía eso que ver con las muertes de los habitantes
de la casa?
Miró
de nuevo la pantalla. La sombra se acercó a la pantalla: era una cosa
humanoide, levantó la barbilla y sus ojos se encontraron con los de McClane.
McClane
creyó reconocer esos ojos. Se parecían a los ojos chispeantes del pandillero
que vio morir cuando era niño, pero también eran los ojos del primer tipo que
mató de un tiro durante una misión. En esos ojos reconoció la mirada del agente
Wellington antes de morir en sus brazos, desangrándose y con los intestinos por
fuera. Sintió frío en el regazo, como si el aparato electrónico se hubiera
convertido en la loza de una tumba. Era el mismo frío que emanaba de la piel de
Lapislázuli, pero más penetrante.
Lapislázuli.
¿Qué o quién era con exactitud Lapislázuli?
McClane
sabía de Lapislázuli lo mismo que sabía de otros capitanes. Un nombre clave que
podría no ser el suyo. Recordó que cuando fueron presentados le preguntó por la
naturaleza de su alias y él mencionó algo acerca de cristales, gemas y auras. Lapislázuli
era el capitán más joven en servicio pues según el expediente tenía treinta y
dos años, pero su apariencia podría situarlo entre los veinte y los
veinticinco. Normalmente estaba risueño y podía conversar de casi cualquier
tema con soltura y encanto. No se mostraba taciturno o excéntrico pese a tener
ese extraño don que llaman “Percepción Extrasensorial”, excepto cuando hablaba
solo. Lo de leer mentes era un detalle nuevo para McClane pues nunca antes de
aquel día mostró esa habilidad o escuchó al respecto.
McClane
se sentía atraído por Lapislázuli. Le gustaba su figura menuda, la pequeña
estatura y el cabello color castaño rizado y revuelto. No tenía rasgos
atractivos excepto por los grandes ojos verdes. Su boca era pequeña, pero sus
labios eran llenos. El agente Riggs decía que eran labios de señorita. Las
manos también eran pequeñas y las uñas estaban bien cuidadas; McClane las había
visto unas pocas veces porque Lapislázuli solía cubrirse con guantes.
El
capitán estaba pensando en si debió invitar a Lapislázuli a algo más que
compartir la oficina y leer noveluchas durante el turno de guardia. Posiblemente
el joven se negara porque no le gustaban los hombres; su radar detector gay
estaba averiado y nunca tuvo buen tino para reconocer esas cosas, casi siempre
prefería que otros dieran el primer paso. También estaba el tema de la edad: McClane
había cumplido los cuarenta y cinco recientemente y nunca había salido con
alguien diez años menos que él.
Sintió
sueño y sus párpados se fueron cerrando lenta y pesadamente. ¿Era así la
muerte? ¿Simplemente cerrabas los ojos y ya estaba? Él no quería dormir. No
todavía. Deseó ordenar a los párpados abrirse y a su mente permanecer en
vigilia, pero no podía luchar contra el sueño. La Tablet se deslizó de su
regazo y cayó al suelo. Los músculos se aflojaron y sintió que se desplomaba.
Despertó
en una habitación de hospital. No podía mover sus brazos y con horror descubrió
que tenía puesta una camisa de fuerza.
―Paciente
45. Bruce McClane. Su caso es uno de los más interesantes. La esquizofrenia
está más que confirmada. Con frecuencia presenta delirio de persecución y suele
hablar con una entidad imaginaria a la que le atribuye poderes psíquicos.
El
hombre tenía aspecto vigoroso y era atractivo pese a tener cabello cano, vestía
bata blanca. Estaba rodeado por otros jóvenes que también vestían igual y
miraban a McClane como si fuera un microbio recién descubierto.
―Lo
interesante de su caso es que los antipsicóticos dejaron de funcionar hace
mucho tiempo en su organismo. No se explica cómo o por qué: neurológicamente
los medicamentos aplicados a otros esquizofrénicos no le hacen ni cosquillas.
―¿Es
violento? –Preguntó una joven residente.
―Depende
de lo que esté alucinando, doctora. A veces tiene momentos de lucidez y podemos
tener una conversación medianamente coherente con él e invitarlo a tomar el té.
–Se acercó y miró al capitán a los ojos– ¿Estás con nosotros Bruce?
―No.
Estoy persiguiendo a Alicia y el conejo blanco.
―¿Sabes
dónde te encuentras en este momento? –Preguntó el doctor.
―Fácil.
En el psiquiátrico.
―¿Me
reconoces? ¿Recuerdas mi nombre?
―¿Debería?
–McClane entornó los ojos y chasqueó, nunca antes había visto a ese sujeto–
¿Podría quitarme esta cosa?
―No
Bruce, sabes muy bien que no es posible. Podrías lastimarte o dañar a otros.
―¿Dónde
está Lapislázuli? ¿Qué hicieron con él?
―Lo
hemos hablado durante varias sesiones, Bruce. Esa entidad a la que llamas
Lapislázuli no existe. Nunca ha existido. Es producto de tu imaginación.
¿Entiendes?
―Sí.
Usted quiere que crea que Lapislázuli no existe para doblegarme y obligarme a
hablarle de los secretos de la organización para la que trabajo.
El
médico psiquiatra se apartó de McClane y miró al grupo de residentes.
―Como
pudieron apreciar, aunque el sujeto muestra un mínimo de contacto con la
realidad, no tarda en regresar a su círculo de paranoia y conspiración. –Hizo
una señal a uno de los enfermeros–. Si se pone pesado adminístrenle una dosis
de sedante. Ahora, si observan la siguiente habitación…
McClane
trató de resistirse y apoyó la espalda contra la pared. El fornido enfermero
llamó a su compañero para que le ayudara a sujetarlo y así poder conducirlo a
otro pabellón. Finalmente se dejó conducir y observó al grupo de médicos
reunidos frente a una puerta, escuchando la voz gangosa del psiquiatra:
―Paciente
78. Un vagabundo no identificado. Llegó aquí en el verano. Diagnóstico:
Trastorno Psicótico Inducido por Sustancias.
―¿Qué
sustancia? –Preguntó uno de los jóvenes residentes.
―Según
su historia clínica; se encontraron restos de alcohol, heroína, cocaína y
anfetaminas. Es un milagro que siga vivo con todo lo que se encontró en el
análisis sanguíneo. No es peligroso. Será dado de alta en cuanto terminen las
alucinaciones producidas por la abstinencia.
McClane
se quedó quieto mirando al paciente 78 y el paciente le correspondió a la
mirada antes de gritarle:
―Soñé
contigo.
El
capitán se revolvió entre los brazos de los enfermeros. Debía acercarse a ese
otro paciente. No era Lapislázuli, pero se le parecía mucho, tenía la misma
estatura y los mismos ojos de forma almendrada aunque de diferente color, el
cabello también era diferente, y el tono de la voz, pero había algo de
Lapislázuli en ese hombre.
―¿Dónde
está Lapislázuli? –Preguntó a gritos mientras lo arrastraban por el pasillo
intentando someterlo.
―¡Está
soñando contigo!
McClane
vio a los enfermeros preparando la dosis de sedante. Intentó patearlos pero
estaba bastante bien inmovilizado. Sintió el pinchazo de la aguja en uno de sus
muslos y el líquido ingresando en su cuerpo. Luchó contra el efecto de la
sustancia somnífera, pero no pudo evitarlo.
Despertó
con un sobresalto. Una mujer estaba a su lado tomándole los signos vitales.
―¿Se
encuentra bien, capitán?
McClane
se quejó alto y claro con un gemido de dolor. Conocía a la mujer: era miembro
del equipo médico. Intentó ponerse de pie pero se sintió mareado. Todavía
estaba en la habitación del adolescente, tendido en la cama polvorienta. La
sonrisa de la chica del afiche quedó impresa en la retina de sus ojos. Su
cuerpo se estremeció cuando el frío sepulcral tocó su piel. Sonrió seguro de
reconocer ese contacto. Sus pupilas buscaron el contacto visual con
Lapislázuli.
―Me
alegra verte.
―También
me alegro de verte. –El joven le sonrió, pero no le sostuvo la mirada. Sujeto
con fuerza la mano de McClane.
―¿Está
todo bien?
―Se
ha marchado a su lugar de origen.
Lapislázuli
se refería a la criatura. McClane sintió escalofrío pensando en esa sombra
humanoide, los ojos moribundos y la extraña pesadilla de la que acababa de
despertar.
―El
vídeo.
―Tus
chicos ya aislaron el archivo. Le dieron de baja en todas las redes y lo
protegieron con un archivo vírico altamente efectivo que impedirá su
reproducción. Por ahora el peligro está contrarrestado –explicó Lapislázuli
sonriéndole, hablándole con ese tono de voz tan especial que ya no le causaba
ninguna inquietud.
―¿A
qué hora hicieron todo eso?
―Tus
polluelos son bastante rápidos y trabajan bastante bien en equipo. ¿Cómo te
sientes?
―Mareado
y agotado.
―Por
un instante sentí que te perdía y no podía encontrarte. Fuiste a un lugar al
que no pude seguirte. –Esta vez lo miró a los ojos fijamente y se sonrojó de
una manera encantadora–. Tengo libre el miércoles, si deseas compartir algo más
que la oficina y nuestras lecturas de novelas eróticas con vikingos y damiselas,
además la edad no es problema para mí.
―No
hagas eso. Me asusta cuando entras en mi mente.
―Te
dije que no puedo controlarlo. Tu provocas eso.
Debe ser porque también tengo pensamientos sucios acerca de ti.
McClane
soltó un sonoro “Bah” de incredulidad, pero Lapislázuli le miró con seriedad.
―Bryan.
―¿Qué?
¿Quién?
―Mi
nombre real es Bryan. Puedes llamarme así cuando no estemos en servicio.
―El
mío es Bruce.
―Lo
sé.
―¿Lo
soñaste o lo leíste en mi mente?
―Lo
vi en la placa que hay sobre tu escritorio. Capitán de la división Delta, señor
Bruce McClane–. Hizo una mueca infantil que le hizo reír–. Ahora, por favor
vámonos. Pronto el reloj dará las tres de la mañana y no quiero estar aquí
cuando los que fueron vengan a
reclamar su hogar. Ellos todavía no se hacen a la idea de que ya no forman
parte de este mundo.
―¿Tres
de la mañana? Cuando vinimos aquí apenas pasaban las dos de la tarde.
―Estuviste
mucho tiempo inconsciente.
―¿Qué
le ocurrió a esa familia? ¿Lo sabes, verdad?
Lapislázuli
no dio más explicaciones. Dos paramédicos del cuerpo de emergencias se
acercaron y subieron a McClane a una camilla. Fue trasladado en ambulancia al
hospital del regimiento y después de varios análisis y pruebas le dieron alta.
McClane
no volvió a ver su homólogo, Lapislázuli, durante ese tiempo. La investigación
sobre el desastre que destruyó su oficina terminó y fue reinstalado de nuevo en
el mismo lugar de siempre, reconstruido y con nuevos muebles.
Dejó
su despacho y se dirigió al centro de operaciones de los cazafantasmas. El lugar donde los amantes de lo paranormal zumbaban
como avispas africanas en torno a Lapislázuli. Él estaba ahí, senado frente al
escritorio revisando papeles. Cuando sus miradas se encontraron los dos
sonrieron.
―Encontraron
esto en la maceta–. Le entregó una pequeña llave.
―La
estuve buscando por todas partes. ¿Quién la encontró? Debo agradecérselo.
―La
mujer que limpió estas oficinas hace cincuenta años. Le diré que estás
agradecido, aunque ella estuvo quejándose toda la mañana porque dejaste demasiado
desorden y colillas de cigarrillo en la tierra de las plantas.
McClane
sintió escalofríos así que miró a lado y lado, esperando ver al fantasma.
Lapislázuli se carcajeó haciendo que el ambiente se hiciera menos tenso, pero
él sabía que había algo ahí. Observó la manera en que el joven vistió el
abrigo. La tela se ceñía en la estrecha cintura y el largo de la prenda le
quedaba bien resaltando las piernas.
Fueron
a su apartamento; había pedido comida a domicilio y rentado un par de películas
de zombis para disfrutarlas en compañía de Bryan. Decidió que iba a disfrutar
el momento y aprovechar todo cuanto Lapislázuli tuviera para dar.
―¿Estás
cómodo? –Preguntó a Lapislázuli sentándose junto a él en el sofá.
La
película era un poco más de lo mismo. Zombi, masacre, tripas y gritos. El capitán
Bruce McClane dejó de observar la pantalla y se concentró en los rasgos de su
acompañante. La piel de Lapislázuli era bastante blanca y parecía tersa. La
forma del mentón era cuadrada y se veían unos cuantos pelitos rubios en las
patillas. Las pestañas eran espesas y largas. Cejas delineadas, como si las
hubiera depilado, pero él estaba seguro que no era así. Los rizos rebeldes del
cabello estaban alborotados, pero como eran cortos no daba el aspecto de
descuido.
―¿Por
qué lo piensas tanto? –Volvió la mirada y lentamente recostó la cabeza contra
la de él–. Deja de mirarme tanto, me pones nervioso. Si lo quieres hacer, hazlo
y ya está.
―¿Quieres
que lo haga?
―¿Estaría
aquí si no quisiera que lo hicieras? –Lapislázuli le dirigió una mirada
traviesa–. Tenía ganas de ver estas arruguitas en el contorno de tus ojos
castaños, las canas que están saliendo aquí y allá, esas me gustan mucho.
También la forma de tu boca, te ves atractivo cuando sonríes, pero cuando estás
serio me pones a mil.
―También
me pones a mil, pero si continúas leyendo mis pensamientos voy a saltar por la
ventana y te advierto que estamos en el piso quince–. Tomó entre sus dedos el
mentón del joven y atrayéndolo le besó los labios.
Lapislázuli
no mostró un atisbo de resistencia. McClane tembló por la frialdad de los
labios del joven pero no se detuvo. Introdujo la lengua en el interior de su
boca y se dejó llevar por la calidez que encontró allí. Disfrutó de su sabor
tomándose su tiempo a la vez que rodeaba el delgado cuerpo con sus fuertes
brazos. Despacio le quitó la camisa y lo atrajo con fuerza obligándolo a
sentarse a horcajadas sobre el regazo sin dejar de besarlo.
Como
siempre, la piel de Lapislázuli tenía ese matiz de frío sepulcral, pero esta
vez McClane no sintió repulsión o temor sino que en su interior se avivó el
deseo intenso de darle todo su calor al joven. Sin esfuerzo se puso en pie y
cargándolo lo llevó a la cama.
―Voy
a morder estas fresas salvajes–. Sonrió juguetón pellizcando los pezones
rojizos de Lapislázuli. Él río en medio de un ahogado gemido de placer.
―Mejor
enséñame la “vara del placer”–. Sugirió deslizando la mano bajo el pantalón
donde buscaba tocar esa parte, pero se detuvo al observar el gesto de McClane–.
Mis dedos son demasiado fríos. Si te molesta tal vez…
―No–.
Agarró la mano del joven y la guio hacia el miembro erecto–. Quiero que me
toques, Bryan.
Los
ojos verdes refulgieron con un brillo especial, cual esmeraldas a la luz del
fuego. Sonriendo con satisfacción acarició el cuerpo del capitán. Cerró los
ojos y recibió en sus labios otro apasionado beso.
McClane
bajó la mano recorriendo la espalda y le apretó los glúteos, mientras él le
succionaba un pezón haciéndole sentir corrientazos de placer por el cuerpo. Lo
siguiente fue acomodarse entre sus muslos y separarlos, levantar las caderas
del joven y guiar el miembro erguido y caliente hacia el interior. Entonces lo
penetró de manera lenta y suave arrancándole unas cuantas inspiraciones. Sintió
que Lapislázuli temblaba pero al mismo tiempo sonreía con deleite.
Comenzó
a moverse, primero despacio y después con mayor frenesí. Las caderas del
Lapislázuli no tuvieron problema para acoplarse al ritmo y moverse para recibir
las embestidas profundas. McClane jadeó y volvió a besarlo, tocarlo y deslizar
las manos calientes sobre aquella piel helada. Quería que Bryan se derritiera y
se fundiera con él. Posiblemente lo logró porque el joven arqueó la espalda y
gimió con la fuerza que gimen los hombres cuando han alcanzado el mayor de los
gozos.
El
capitán rodó hacia un lado y acarició el cuerpo sudoroso de Lapislázuli hasta
posar una mano sobre la cadera y lo atrajo hacia sí. Lo envolvió en sus brazos
y le besó la frente. Él notó que había rubor en las mejillas del joven y
encontró hermosura en esa saciedad tras la unión de sus cuerpos. Sintió el
latido acelerado del corazón de Lapislázuli y supo que aunque su piel estaba
fría como una tumba, su interior estaba más vivo que nunca. Lo abrazó
fuertemente.
―¿Por
qué tu piel es tan fría como un témpano de hielo? –Preguntó con curiosidad.
―Es
el precio que se paga cuando tienes a la muerte susurrando cosas en tu oído
todo el tiempo –dijo con total despreocupación –¿Seguro que quieres seguir con
esto?
―¿Por
qué no?
―Salir
con un tipo como yo tiene demasiados inconvenientes. Charlar con la mujer que
hizo la limpieza en las oficinas hace cincuenta años es el menor de ellos. Soy
una rareza y con frecuencia mis parejas me encuentran atemorizante. No te
culparé si también quieres huir.
―Al
menos creo saber a qué me voy a enfrentar–. Besó los labios del joven y le
acarició la cintura dibujando círculos con las yemas de los dedos–. ¿Sabes?
Cuando estuve en esa habitación tuve un sueño extraño. Soñé que estaba en el
manicomio y un psiquiatra se empeñaba en decirme que tú eras un producto de mi
imaginación. Fue demasiado real. Me alegra haber despertado y estar contigo.
Lapislázuli
no pudo aguantar la carcajada que salió de sus labios y aferrándose al torso
desnudo de McClane dijo en voz bajita.
―¿Y
quién dijo que habías despertado? ¿Quién dijo que aquel era el sueño y este el
mundo real? ¿Estás seguro que no es al revés?
―Un
hombre me dijo que estabas soñando conmigo y entonces desperté–. Las palabras
de Lapislázuli le hicieron dudar, pero él estaba convencido que no estaba
alucinando, habían hecho el amor y las sensaciones fueron reales.
Recordó
el pinchazo en su muslo cuando le aplicaron el sedante, ese dolor había sido
tan real como la sensación de asfixia provocada por la camisa de fuerza. Sintió
mareo y dolor de cabeza. Escuchó la voz suave y críptica de Lapislázuli:
―Tal vez la realidad no existe y solo habitas en mis sueños.
―Tal vez la realidad no existe y solo habitas en mis sueños.
AGRADECIMIENTOS: A Mihael Lawliet.
*Este relato participó en la convocatoria literaria Horror Queer y se incluye
en el libro: Pesadilla en Rainbow Street. Puedes obtener el libro
completo AQUI*

OH por diosito ...se me escarapeló el cuerpo con este relato, la realidad no es más que un sueño(?) me encantó, una vez más me dejas un agradable sabor de boca con uno de tus escritos. Gracias por compartir tu talento Anne oni 😊
ResponderEliminarwow..magnifico relato..la descripción física y psicológica de los personajes fue muy acertada, la trama genial..o sea esa mezcla entre misterio y sobrenatural ambas bien entrelazadas para dar mas suspenso a todo el relato, el final abierto en donde te queda la interrogante de que es verdad y que es mentira me gusto mucho sobretodo porque te deja la enseñanza de que cada ser vive su propia realidad a veces transformada en sus propios sueños....
ResponderEliminarPara terminar solo decir que soy una afortunada de conocerte y de leer tan bellos relatos que amablemente compartes con esta humilde lectora.
Me encanta como escribes...Gracias por compartir tu talento.Besss....Bella MP
ResponderEliminargracias x compartir
ResponderEliminarD: ohh ya no supe que onda jajaja me encantó, bueno esa consideración de que la realidad tal vez no es la realidad como se piensa...es una sensación muy atemorizante. Gracias por compartirlo!:D
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