ÉXTASIS

HOLA!!

Para celebrar estas festividades nada como un pequeño relato de amor M/M escrito con mucho cariño para los lectores.

Éxtasis se centra en Blake, un cantante pop en ascenso que se siente vacío y solo. Con la presión de sus compañeros a punto de aplastarlo y unos padres ausentes, Blake es arrastrado al bordo del precipicio, pero cerca está Zach, el chico que le gusta para algo más que amigos...

ÉXTASIS



Extracto



Está en el bolsillo de mi camisa a cuadros. Es una bolsita pequeña llena de estrellitas color amarillo que tienen la sonrisa tallada; son estrellitas felices, como cualquiera de los que estamos en este mismo plató. Los latidos de mi corazón se aceleran cada vez que pienso en la probabilidad de que alguien llegue a ver todas las estrellitas: ¿Me creerán si les digo que son mentas?...

―¡Diez minutos para entrar a escena, Blake!

Dice mi representante listo para entregarme la guitarra acústica.

―¡No cabe un alma en el estudio, hijo! ―habla, rebozando de alegría, tiene en su rostro esa mirada que me recuerda la de un perro hambriento a punto de tragarse un filete fresco. No digo nada por temor a atragantarme todo el fijador que la estilista está aplicando en mi cabello negro, pero sigo pensando en estrellas y probabilidades...

Para ser un hombre corpulento con cara dura, Ben, mi representante, habla hasta por los codos. Aprieto los párpados sintiendo las gotas del fijador pegarse en mi cara. Escucho las palabras: Tema musical, nuevo single, firma de autógrafos, gira promocional... Mi corazón sigue latiendo un poco más rápido de lo habitual y un nudo se ha formado en mi panza, no estoy escuchando nada de lo que dicen, sigo pensando en la bolsita que llevo en el bolsillo. ¿Cuántos gramos hay en total? ¡Más de trescientos, eso es seguro!... Alguien llama a la puerta: “Todo listo, después de este corte, Blake entrará en escena”.

El calor invade mis mejillas. No es la primera vez que subo a un escenario, pero siento como si ese público de chiquillas fuera a tragarme vivo.

Los gramos de cada una de esas estrellitas amarillas pesan tanto que rasgarán el bolsillo de mi camisa y se regarán por el escenario, y me convertiré en el hazmerreír de todo un país, posiblemente del continente. Entonces siento la mano de Ben sobre mi hombro y sus ojos astutos se quedan clavados en los míos:

―Estás muy distraído, hijo. No has puesto atención a lo que acabo de decirte.

―Claro que sí: Estabas apurándome para que elija el nuevo tema musical para la nueva temporada de esta estúpida serie ―respondo poniendo los ojos en blanco.

―Eso, y la advertencia principal: Mantente alejado de Cheryl Electra. La detuvieron ebria en el lobby de un hotel por golpear salvajemente a una camarera. ―Me mira preocupado y baja la voz―: Los productores van a cancelar su contrato.

No es noticia nueva, los productores cancelan el contrato de cualquiera que no cumpla con la cláusula: “Cero escándalos”. No es la primera cantante a la que la disquera manda a freír espárragos por no seguir el papel de niña buena.

Muevo la cabeza asintiendo a lo que dice Ben, siento su mano palmeando mi espalda para animarme un poco. Y de pronto dice:

―Cambia esa cara, Blake, eres un chico listo, estoy seguro que no vas a dejarte arrastrar por ese frenesí de pastillas, alcohol, sexo y heroína. ¿Verdad?

Sus palabras penetran en mi cabeza y mis pensamientos angustiosos se esparcen como un puñado de mariposas que acaban de ser liberadas. Ben tiene un sexto sentido para estas cosas, posiblemente lee las mentes de sus representados. ¿Sabe lo del paquete en  mi bolsillo y está tratando de darme una advertencia?

―No. Claro que no, ¿cómo crees que voy a meterme esas porquerías? ―respondo nerviosamente.  

―Ese es mi muchacho… ¡Ahora sal a ese maldito escenario y róbate el show!

Ben me empuja, pongo mi mejor sonrisa, agito las manos cual reina de belleza, choco los cinco con el presentador del show. Los gritos de las fanáticas hacen que mi cuerpo se estremezca. Estiran sus manos hacia el escenario como si pudieran tocarme, algunas levantan sus pancartas decoradas con corazones.

Solo es otro tonto programa televisivo; pienso mientras las luces en el estudio se apagan y las luces me enfocan.

Mis dedos tocan las cuerdas de la guitarra, mis labios temblorosos se abren y muy despacio las primeras frases de la canción salen. Las primeras líneas hablan de  sentimientos que se convierten en dulces palabras… ¿really? ¿Cuánto le pagan a los que escriben estas canciones cursis?

Cuando estoy cantando, la bolsita que guardo en el bolsillo queda olvidada por un momento y enfoco mi atención en los sonidos alrededor.

Cierro los ojos y comienzo a cantar una vez más. Mi voz está ahí, también mis manos tocando la guitarra, pero nada de esto es real. Es televisión y aunque el programa está siendo transmitido en vivo, a los marionetistas se les ocurrió que era mejor ir a la fija y usar el playback.

Odio el playback tanto como a los marionetistas que mueven los hilos y me presionan con el contrato, sus abogados, sus amenazas, son gente controladora y sin escrúpulos, pero más que nada, odio a mis progenitores.

Es la noche del veinticuatro de diciembre y estoy en un estudio de televisión, fingiendo que canto para una teleaudiencia que no sabe nada de mí. Mis padres están en Paris, Londres o Madrid, no recuerdo bien dónde dijeron que iban a pasar las fiestas decembrinas. Cuando no están conspirando uno contra el otro, andan de gira por el mundo.
Los aplausos del público me animan. De manera inconsciente llevo la mano al pecho y bajo la tela del bolsillo siento que están las estrellitas. Sonrío y hago gestos encantadores a la cámara. Hay que sonreír y fingir todo es alegría, aunque por dentro esté destrozado.

Las personas piensan que ser una estrella de pop es genial y divertido. Pero a este lado del escenario, las cosas no son como parecen, si no te agarras firmemente a algo caerás del tren y la presión te aplastará.

Comencé esta carrera a los diez años, cuando mis padres tuvieron la gran idea de inscribirme en uno de esos programas para niños talento. Mientras iba creciendo, la fama fue aumentando, de comerciales y apariciones esporádicas en series televisivas a mi primer protagónico en una película y ahora en la serie juvenil del momento, también hay un contrato discográfico importante. Giras por Europa, Latinoamérica, Asia… ruedas de prensa, ensayos. No fui a la escuela como los chicos ordinarios, sino que estudié con profesores particulares que acomodaban sus lecciones a mi horario de celebridad.

―Con la voz que Dios te dio, no necesitas estudiar, cariño. Solo ponte a cantar, el mundo necesita escuchar canciones que hagan vibrar su espíritu ―dijo mi madre cuando mencioné que quería ir a la universidad.

A los niños les preguntan qué quieren ser cuando crezcan. Nadie me preguntó, porque todo el mundo dio por sentado que esto era lo que quería hacer.

Pero este no era momento para pensar en el pasado. Quería pensar en el presente. Cerré los ojos para fingir que estaba cantando, imaginando que transmitía emociones a quienes estuvieran escuchando mis canciones.

Debo hablar seriamente con Ben y decirle que el compositor apesta y que no volveré a cantar “Extraña confusión” nunca más. Aunque el ritmo es pegajoso y estuvo varios meses en el TOP 10, me niego a seguir cantando esta canción tan tonta.

A veces imagino las caras de mis admiradoras si pudieran leer mi mente. La mitad de las veces estoy pensando en lo estúpidas que se ven idolatrando a un joven que no sabe qué hacer con su vida y cuyas respuestas están totalmente programadas por su agente y los productores, cada palabra que digo está ensayada, cada paso que doy está calculado, pero a veces cuando estoy en el escenario, mi mente está en cero.

Soy un producto, ni siquiera el nombre que están gritando y que decora sus pancartas es real.

Escucho los aplausos, sonrió feliz, una canción más y podré ir a casa; al apartamento que comparto con Killer, el perro pitbull que me obsequiaron los del refugio canino donde estuve el mes pasado filmando un programa televisivo.
No me gustan los perros, no tengo tiempo para mascotas, pero Ben dijo que aceptara y lo mantuviera un par de meses para hacerme quedar como un buen tío que ama a los animales. Recuerdo que dijo algo como:

―Te convertirás en una inspiración para los animalistas, especialmente para los más jóvenes, y eso significa más admiradores y gente feliz comprando tus discos. Tomaremos muchas fotografías e infestaremos con ellas las redes sociales, ¡Ya sé! ¡Sacaremos una canción sobre tu amistad con tu canino!

Sacudo la cabeza. Basta de recuerdos, digo para mis adentros. Cuento en mi cabeza las horas que faltan para los fuegos artificiales que anuncian el estallido de los besos y abrazos navideños. Entonces, una vez más vuelvo a pensar en las estrellas que guardo en el bolsillo, mi curiosidad despierta y comienzo a preguntarme a qué saben, cómo me sentiré cuando entren en mi sistema, cuánto durará el efecto…

No soy tan “virgen” en esto, he probado otras veces la maría, pero una cosa es un porro semestral tumbado relajadamente en el césped del jardín, escuchando música de The Beatles, y otra es depender de las pepas a diario. ¿Y si me engancho a las estrellitas y termino como Lindsay Lohan?...

¡Qué difícil es tomar una decisión de este calibre! Una parte de mi ser grita que lo haga para escapar de toda esta mierda, otra me dice: “No seas huevón, mejor tómate un somnífero y mañana estarás mejor”. Pero luego pienso en lo que Zach diría, ese jodido sabiondo me sacudiría con un: “¿Sabías que junto al cadáver de Heath Ledger había un frasco de somníferos? ¡Fue el mejor Joker que haya visto en el cine y el muy idiota decidió llenarse la barriga con pastillas!”

Zach, Zach, Zach, su nombre suena como un zumbido eléctrico en mi boca y me distrae por unos cuantos segundos...


ESTE RELATO FORMA PARTE DE LA ANTOLOGÍA NAVIDEÑA, LEELO COMPLETO AQUI




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