Corto relato ganador del concurso "Histórico" organizado por E_Naranja en la plataforma Wattpad.
VALS DE INVIERNO
La vida es un conjunto de
ironías. Un día estaba bailando El lago
de los cisnes en el solemne teatro Mariinsky ante el zar, su familia y toda
la nobleza rusa; al otro: estaba encerrado en un calabozo, descalzo y con
hambre.
Todos los días era la
misma rutina. Nos llevaban en grupos pequeños a un patio donde nos obligaban a
desnudarnos y tras echarnos agua helada encima nos obligaban a arrodillarnos y
nos golpeaban cruelmente durante los interrogatorios. Siempre preguntaban por
los mismos hombres: Molotov, Trotski, Chliapnikov, Antonov… En una ocasión me
pareció escuchar el nombre de mi amante, pero fingí que no sabía nada.
Fui apresado
accidentalmente durante los disturbios en mayo de 1917. Iba por la avenida
Liteini cuando me vi envuelto en la ola de violencia provocada por un grupo de
sindicalistas agitadores. Un policía me
asestó un golpe en la cabeza, cuando desperté ya estaba en el calabozo.
El gobierno, formado
después de que el zar fuera obligado a abdicar el 2 de marzo, quería encontrar
a todos los cabecillas del partido bolchevique a quienes acusaban de realizar
mítines en contra de la República. Cualquier sospechoso de insurrección era
deportado a Siberia o fusilado.
Oculté mi nexo con los
agitadores tanto como fue posible y me apegué a la versión más prudente de los
hechos. No podía mencionar que era amante de Andréi Nastov, quien formaba parte
activa de la red de distribución de los pasquines y periódicos socialistas. Nadie
creería que al ser amantes supiéramos tan poco uno del otro, nuestras pláticas
de cama rara vez mencionaban los lugares donde se reunía con Kámenev y Stalin,
así como con otros sindicalistas, para planear las manifestaciones y huelgas.
Mi relación con Andrushka era sexo puro y duro, por supuesto nos amábamos tanto
que preferíamos no hablar de lo que hacíamos cuando no estábamos juntos. Él
sabía que me dedicaba a bailar ballet para entretener a los ricos burgueses,
que me gustaban los hombres y que no era mi único amante.
Después del
interrogatorio diario nos arrojaban a las celdas rebosantes de prisioneros. Cada
día capturaban más partidarios de la contrarrevolución, algunos eran inocentes,
como yo, otros se consideraban verdaderos rebeldes.
Por los nuevos presos me
enteraba un poco de lo que estaba sucediendo en San Petersburgo: El zar y su
familia seguían presos en Tsarskoye-Selo, su guardia real huyó y solo un
séquito de veintitrés personas los acompañaban. Las hijas del zar contrajeron sarampión
y el pequeño zarévich seguía siendo un debilucho. Los prisioneros, en su
mayoría, se quejaban de la pobreza, algunos preferían la prisión a morir de
inanición en la calle y no les importaba que fuéramos sometidos a malos tratos
si con eso aseguraban una comida al día.
Esa situación era nueva
para mí. En la academia de ballet nunca faltó el pan en la mesa, cama cómoda o
un lugar tibio donde calentarse en invierno. Pocos éramos los elegidos en tan
noble institución, nos preparaban desde niños para servir con nuestros cuerpos
al Imperio ruso a través de la danza. Estando en prisión me di cuenta que mi
vida de entrenamientos rigurosos y prácticas exhaustivas era más placentera que
la de los pobres diablos con los que compartía celda.
En algún momento de junio
llegó la epidemia de sarampión a la prisión. Eran tantos los arrestados que los
guardias revolvieron a los sanos con los que llegaban enfermos. Todos los días
alguien pescaba el brote y debíamos cuidarnos entre nosotros. No teníamos
medicamentos o mejores condiciones para cuidar a los convalecientes, ni
siquiera teníamos agua limpia o un catre donde echarlos. Afortunadamente tuve
sarampión cuando era niño, caso contrario, habría muerto en esa sucia prisión
por enfermedad, pero eso no garantizaba que llegara vivo a fin de año, a veces,
en la tarde escuchábamos los disparos provenientes del patio trasero y
guardábamos un minuto de silencio por los fusilados.
La última semana de
agosto hubo conmoción en la prisión. Varios hombres fueron dejados en libertad
y otros enviados al frente de batalla. Rusia continuaba perdiendo la guerra
contra los alemanes y había que reponer las bajas.
Un día me encontraba
colocando compresas en la frente de un enfermo cuando escuché que uno de los
guardias me llamaba a gritos.
―¡Strakhov! ¡Mikhail
Strakhov! ―Se acercó colocando su mano en mi hombro para obligarme a mirarlo. Sentí
miedo de que hubieran descubierto mi conexión con Andrushka y fueran a
fusilarme.
El guardia ordenó a sus
compañeros que me sacaran de la celda.
Me llevaron a la puerta
principal y me empujaron fuera del penal. El sol golpeó mi rostro y me
encegueció por un instante.
―¡Por Dios, Misha! ¿Qué
te han hecho?
Reconocí la voz. Era
Sacha. Colocó su brazo alrededor de mis hombros doloridos y me ayudó a caminar
hacia el automóvil. Cuando miré mi rostro en el espejuelo del auto me costó
reconocerme, adelgacé mucho, tenía la barba crecida, el cabello sucio y
moretones por doquier.
Durante mi reclusión
muchísimas cosas habían cambiado. La ciudad ahora se llamaba Petrogrado, El zar
y su familia fueron enviados a Tobolsk, en Siberia. Los teatros habían vuelto a
abrir y las temporadas sociales se reanudaron, con menos gloria que antes, pero
la alta sociedad seguía floreciendo gracias al Nuevo gobierno.
Alexander, Sacha para mí,
estaba feliz porque logró sacarme de prisión.
―Soborné a varios
miembros de la Policía secreta para que destruyeran los expedientes en tu
contra. Por ti, Misha, compraría al mismísimo primer ministro si fuera
necesario. ―Acarició mi frente cuando llegamos a su casa.
Mi amado príncipe
Alexander Ivanovich Klimov, Sacha: para los amigos, me acogió con los brazos
abiertos e hizo todo lo posible para que me recuperara. Llegaba a mí con una sonrisa y se mostraba
cariñoso. Sin darme cuenta, retomamos nuestra relación de antaño y tuvimos
intimidad en más de una ocasión. Eso provocó que me sintiera infeliz, no era
digno de recibir su amor y en un ataque de sinceridad una mañana le dije:
―Sacha, hay algo que
tengo que decirte.
―Que vas a dejarme para
volver al teatro, ya lo sé. El ballet te está llamando y ahora que te sientes
mejor, te marcharás ―Sonrió y besó mis mejillas―. Aquí las cosas están
empeorando, la guerra contra los alemanes sigue implacable y las condiciones de
este país no son las mejores. Ven conmigo, Misha, vayamos juntos a Estados
Unidos.
―¿Qué voy a hacer allá?
Lo único que sé hacer en la vida es bailar ballet. No, Sacha. Además hay otra
cosa de la que quería hablarte: Durante nuestra separación he dormido con otro
hombre.
Me quedé mirándolo a los
ojos, no vi enfado, pero si una veta de muchísimo dolor que provocó que mi
corazón se hiciera pedazos. Shasha se quedó pensativo, con la mirada perdida.
―Bueno, todos cometemos
errores. ―Su voz sonó trémula y confundida.
―Ha sido más de una vez,
Sacha, a él lo conocí mucho antes de que entraras en mi vida, nos reencontramos
y hemos estado haciendo el amor desde entonces.
Sacha guardó silencio, en
su rostro hubo una expresión que no pude descifrar ¿Sorpresa? ¿Malgenio?
¿Angustia? Su silencio hizo que me sintiera peor.
―Te quiero mucho. Cuando
miro al pasado no me arrepiento por nuestra aventura, ni me avergüenzo por lo
que hicimos.
―Pero no me amas. Lo
nuestro está acabado. ―Me sorprendió el tono con el que habló, apenas audible.
Me abrazó y comenzó a besarme con tanto ardor que no pude contener las ganas de
llorar―. No quiero que lo nuestro finalice. Te amo tanto, Misha.
―No puedo pedirte que
sacrifiques tus planes futuros por mi causa. Vete a Norteamérica y olvídame.
―Te necesito conmigo,
amor mío ―dijo besando mi cuello.
Me acarició lentamente y
me sacó la ropa. Besó mi cuerpo desnudo y tomando mi mano fuimos a su cama.
Después de hacer el amor,
nos quedamos dormidos uno junto al otro. Entendí que si bien no amaba a Sacha,
con la misma locura animal que a Andrushka, lo quería lo suficiente como para
sentirme protegido entre sus brazos.
Me sentí vacío después de
despedirnos. Decir que quedábamos como amigos no resolvía la situación, pero
era lo único que en ese momento podía ofrecer a Sacha. Después de recuperarme
completamente estaba listo para regresar al ballet y también a Andrushka.
La función debía
continuar y poco a poco la Escuela de Ballet Imperial de Rusia volvió a sus
actividades. La primera semana de octubre el gran telón de terciopelo rojo se
abrió y un nuevo espectáculo se presentó para el deleite de los ojos de cada
espectador.
Esa noche dancé como
nunca antes, con tanta entrega y pasión, que cuando la función terminó me
sentía completamente agotado. Los aplausos del público y los elogios
alimentaron de nuevo mi ego: volví a sentirme en la cima.
Después de la
presentación fui invitado a una elegante fiesta en el salón de bailes del
Palacio de invierno.
El lugar seguía igual que
cuando estuve allí la última vez, las mismas paredes, los mismos cuadros y
adornos, los mismos sillones tapizados en terciopelo rojo y los hermosos
cortinajes de seda. Sin embargo me pareció algo muerto sin la presencia adusta
del zar, la imponente elegancia de la zarina y las sonrisas de las cuatro
grandes duquesas. Ahora solo podía escucharse el sonido de las voces masculinas
hablando de política y de las femeninas hablando de modas americanas.
Sonreí cuando Sacha llegó
a mi lado y colocó una copa de whisky en mi mano.
―Ven, te presentaré a
algunos conocidos importantes… Ese que
nos está saludando es Yakubov, es miembro del contraespionaje en Petrogrado.
―Le devolvimos el saludo con un gesto.
Me condujo hasta un
hombre de mirada sagaz y rostro imperturbable que reconocí de inmediato como el
primer ministro: Alexander Kerenski.
―Vi su actuación. Siempre
he admirado la gran capacidad de los bailarines para hacer todas esas
volteretas al ritmo de la música. Y la belleza de las bailarinas, claro está. ―El
hombre dejó de prestarme atención y miró a Sacha con seriedad―. He dicho a la
prensa que no voy a decapitar al zar, ni he de convertirme en el próximo Robespierre.
La república está a salvo en nuestras manos.
¡Hipócrita! Pensé al
escucharle hablar, recordando a los hombres fusilados que conocí en la prisión.
¡Cobarde! Contuve mi lengua cuando esa palabra vino a mis labios, por supuesto
que no mandaría a ejecutar al zar porque temía a los simpatizantes de la
monarquía que daban su apoyo para que se mantuviera en el poder.
―Príncipe Klimov, es una
velada mágica: Hermosa coreografía, bellas bailarinas, fuertes bailarines, lo
mejor de lo mejor, justo como lo prometió ―habló el ministro Miliukov, a quien
Andrushka llamaba cerdo burócrata. Lo miré con algo de desprecio cuando levantó
la copa y habló―. ¡Un brindis! ¡Viva eternamente la República!
―¡Qué viva! ―respondieron
todos sonriendo y bebiendo champaña de Francia.
Dirigí una mirada
interrogante a Sacha.
―Sí. Es de contrabando.
Todo en este festín ha sido traído en barcos desde Finlandia.
―Pagado con los fondos
gubernamentales. ¡Qué bien emplea nuestra querida Asamblea constituyente el
dinero con el que deberían alimentar a la masa hambrienta! ―murmuré enojado.
Sabía que Sacha estaba metido en eso del contrabando y había hecho tratos con especuladores.
Él estaba amasando una fortuna al tiempo que miles morían en las calles.
―Modera el tono, Misha.
Esos mismos fondos han permitido que el Mariinsky continúe funcionando y los
bailarines gocen de estos lujos. Estás comenzando a hablar como uno de esos
agitadores. ¿Podré verte mañana? ―susurró en mi oído discretamente, cambiando
de tema y usando ese tono de voz destinado a hacerme estremecer.
―Por favor, Sacha, ahora
no. ―Tan solo con saber que estaba cerca ya había comenzado a excitarme y hasta
olvidé nuestra pequeña discusión. Le sonreí y en voz baja le prometí concederle
toda la tarde del día siguiente después de los ensayos.
Cuando nos volvimos a
ver, él me abrazó y en un impulso comencé a besarlo apasionadamente. Nos
desnudamos y nos entregamos al placer de la lujuria.
Después me sentí
culpable, sabía que no debía seguir haciendo eso con él, pero Suspiré con
satisfacción cuando comenzó a acariciarme la espalda. Pensé en Andrushka y
pregunté:
―¿Qué sucederá si los
bolcheviques son atrapados?
―Serán ejecutados
indudablemente.
Sacha besó mi frente
mientras me prometía que todo iba a estar bien: aunque el futuro fuera incierto
estaría a mi lado.
La noche del 24 de
octubre Andrushka entró por mi ventana. Después de un cariñoso saludo guardamos
silencio. Los rumores del levantamiento armado se convirtieron en una realidad
de la cual ninguno de los dos quería hablar. Sabíamos lo que sucedería en pocas
horas y queríamos conservar ese momento para siempre. Nos acariciamos y nos
besamos muy despacio. Saboreé el sabor de su piel, disfruté del aroma
almizclado de su sexo, toqué con la yema de mis dedos las formas de su cuerpo
deleitándome en cada detalle de sus músculos y jugueteé con el vello en su
pecho. Quería absorber cada detalle de su anatomía y grabar en mi memoria sus
jadeos cuando hacíamos el amor.
El presentimiento del
final cercano nos juntó más. Nuestra desesperación le abrió el camino a una
entrega total. Gemimos y gritamos. Nos devoramos a besos y después de alcanzar
el orgasmo nos quedamos abrazados muy quietos con las piernas entrelazadas.
―Ha llegado la hora ―dijo
poniendo punto final a la magia que nos había envuelto.
Temblé cuando escuché un
estruendo y posé la mirada en la ventana.
―¿Escuchaste, Misha?
Me quedé en silencio,
escuché el sonido del viento y de nuevo otro estruendo.
―¡Cañones!
―Ha comenzado, Misha.
Nuestros hermanos están marchando hacia el Palacio de invierno. ―Agarró mi
rostro entre sus manos y besó mi frente―. Debo marcharme, pero te juro que
mañana volveré por ti. Espérame aquí, vas a estar a salvo en este lugar.
―¿A dónde vas?
―A nuestro cuartel
general, en el monasterio Smolni y después al Palacio de invierno.
Vi la manera en que se
apresuró a vestirse. Subió de un brinco al marco de la ventana y antes de
partir me arrojó un beso al aire. Desapareció de mi vista y suspiré.
El sonido de los
cañonazos sacudió todo Petrogrado. Después escuché los gritos de la turba
furibunda corriendo en estampida contra los edificios del gobierno. Los hombres
salían de todas partes como hormigas enfurecidas lanzadas al ataque. Lo vi todo
desde mi ventana mientras me vestía.
Cerca del mediodía subí a
la parte más alta de la academia, al desván, y desde la ventana observé lo que
estaba sucediendo en las calles.
Un carro blindado del
Ejército blanco se movía lentamente por la calle principal rumbo al Palacio de
invierno. Los soldados disparaban ráfagas de metralleta contra los
manifestantes. Una granada explotó contra el vehículo. Apreté los párpados y
cuando la humareda se disipó, vi los cuerpos chamuscados tendidos en la calle.
La angustia se apoderó de
mi cabeza y no pensé con claridad. En menos de lo que canta un gallo ya me
había envuelto en la gabardina negra y corría desesperado hacia el Palacio de
invierno.
Mientras me acercaba, vi en
el Neva un crucero de guerra que disparó contra el Palacio de invierno.
Anocheció pero las luces del palacio estaban apagadas. Solo se escuchaban los
disparos procedentes del patio principal donde estaban congregados los junkers y el batallón femenino
defendiendo al gobierno republicano.
Avanzaba por
entre las filas cuando tropecé con un periodista americano, era un estadounidense de
lo más simpático, agarró mi mano me
sacudió con su enérgico apretón
―Me llamo John Reed. Su
rostro me parece conocido, estoy seguro que lo he visto en alguna parte.
―Mikhail Strakhov.
―¿El bailarín? ¿La joya
de la corona del Ballet Imperial de Rusia? ―Me miró incrédulo, examinándome con
ojos escrutadores―. ¿Qué está haciendo aquí?
―Busco a mi amante ―Mi
lengua se aflojó y al ver su rostro enrojecido por la sorpresa cerré la boca y
me levanté en puntas de pies para seguir buscando entre los rostros
angustiados.
―¡Permanezca a mi lado!
―Se mostró cooperativo, excitado por la noticia o quizá por la lástima que le
inspiraba mi persona ―. Los camaradas han asegurado protegerme cuando entre la
horda al palacio.
Nos movimos entre la masa
de guardias rojos, muy pocos vestían uniforme, pero la mayoría llevaba
alrededor de su brazo o en el cuello una pañoleta roja como distintivo. Minutos
después se produjo una oleada de admiración cuando un hombre de baja estatura y
mala facha llegó rodeado de un grupo de militantes de la Guardia Roja.
―Se va a armar la
trifulca: Acaba de llegar Antonov ―dijo Reed señalando al recién llegado―. Es
el negociador de Lenin, pero te aseguro que no está aquí para negociar.
Se escuchó una nueva
balacera proveniente del interior del Palacio. Los que estaban afuera gritaban
consignas revolucionarias. Las puertas principales del Palacio cedieron por fin
y apareció la bandera de rendición.
John Reed haló de mi
brazo una vez más y, junto con los primeros escuadrones armados, entramos al
patio. Vi cadáveres tendidos por doquier, la muerte no distinguió entre junkers, bolcheviques o mujeres.
―En nombre del Comité
militar revolucionario, quedan detenidos todos los ministros del gobierno
provisional. ―La voz regia de Antonov fue clara en medio de los cuchicheos.
El reloj del Palacio
señalaba las dos y diez minutos de la madrugada del 26 de octubre. Un hombre
salió con las manos en alto y respondió a viva voz:
―¡Los miembros del
gobierno provisional se rinden para evitar un derramamiento de sangre!
Hubo un prolongado
silencio general. Antonov movió la mano y los regimientos avanzaron hacia el
interior del palacio. Nuevamente John Reed haló de mi brazo y los seguimos. La
muchedumbre comenzó a gritar: ¡Mátenlos! ¡Fusílenlos! ¡Qué mueran todos!
Los ministros estaban
sentados, con la espalda recta y su mejor pose de dignidad. Guardaban silencio
absoluto y no hicieron ningún forcejeo cuando fueron arrestados. Antonov llamó
lista a cada uno y después envió un mensaje a Lenin y el resto de camaradas:
Kerenski no estaba entre ellos, alcanzó a escapar en el coche diplomático del
embajador americano.
Un grupo de líderes de la
Guardia roja fue puesto a cargo de cuidar a los prisioneros y defenderlos de la
turba iracunda.
John tomaba nota de todo
en su libreta. Me hizo señas para que siguiera el cortejo que de los
prisioneros.
―Si tu amado está entre los
primeros destacamentos va a verte cuando pasen la verja para entrar en la
plaza. Nadie querrá perderse la maravillosa vista que ofrecen los líderes
caídos. ―Se quitó la pañoleta roja y la ató en mi cuello. Me sonrió y dándome
una palmada amistosa en la espalda me empujó hacia los guardias rojos―.
¡Encuentra a tu Andrushka, Mikhail Strakhov!
Reed se unió a un grupo
de hombres en torno al líder Antonov para hacerle preguntas.
Eché un último vistazo al
Palacio de invierno de los zares rusos. Ahora era un edificio gris de puertas
destrozadas y vidrios rotos que carecía del esplendor de épocas lejanas. Me
quedé recordando el vals que bailé bajo la luz del farol aquella noche de invierno.
Acababa de presenciar el fin de una era y todo era borroso, confuso y extraño.
El sonido de voces me
sacó de ese estado de ensoñación.
―¡Tú! ―El capitán me
señaló con un dedo―. No te quedes con los brazos cruzados, compañero. Ve a
acomodar a los heridos.
Arrastrando mis pies me
dirigí a la carreta donde un médico barbudo y una mujer rolliza indicaban a
quienes llevarían.
―¡Ese no! ―Señaló el hombre
con rudeza―. Una bayoneta le ha abierto la panza y morirá dentro de poco. No
tiene cura. Pónganlo con los otros.
Señaló a un grupo de
moribundos que yacían recostados unos junto a otros.
Mis ojos se anegaron con
las lágrimas y todo mi cuerpo se estremeció cuando vi la mirada perdida del
guardia rojo. Era Andrushka.
Recosté su cabeza sobre
mi regazo.
―¿Ganamos, Misha?
―Sí, mi amor, ganamos.
―Somos hombres libres.
Tendrás que cumplir tu promesa.
―Sí. Caminaremos
agarrados de la mano por la Plaza roja y
me comeré mis zapatillas de ballet.
Él sonrió débilmente. La
sangre que manaba de su herida estaba caliente, resbalaba por doquier y rápidamente
me empapó. Sujeté con fuerza su mano y lloré mientras escuchaba el ritmo de su
respiración entrecortada.
Un hombre armado pasó
disparando en la cabeza a los moribundos. Un tiro como acto de humanidad para
liberarlos del dolor. Una mujer cubría los cuerpos con una bandera roja.
Nuestras miradas se cruzaron. Sacudí la cabeza y él levantó la chaqueta que
cubría el torso de Andrushka. Me miró a los ojos:
―No hay que prolongar su
agonía. Compañero, él fue valiente y no merece morir así.
La mujer me abrazó y
agarró con fuerza mis brazos. El soldado colocó el cañón en la frente de mi
amante.
―¡Viva el pueblo y viva la revolución! ―Los
labios de Andrushka esbozaron una sonrisa cuando escuchó aquella frase.
―¡Aquí estoy! ¡No te
dejaré mi amor! ―murmuré débilmente y vi en sus ojos opacos el velo de la
muerte. Agarré con fuerza su mano y apreté los ojos hundiendo mi rostro en el
pecho de la mujer.
El sonido del disparo fue
ensordecedor y la sangre me chispeó encima.
Andrushka se había
marchado para siempre. No era más que un cuerpo sin vida cubierto con una
bandera roja. Abracé su cadáver y lloré amargamente.
Un día bailé para el zar y su familia, otro
día fui la celebridad más admirada de los ministros del gobierno republicano, ahora
solo era un hombre sentado bajo una de las columnas del Palacio de invierno
abrazando a un muerto.
Sacha me separó del
cadáver de Andrushka y me dio un puñetazo para que volviera en sí.
―¡Misha!
¡Reacciona!¡Tenemos que irnos!
―Sí. Tenemos que irnos
―respondí en trance, apenas podía reconocerlo.
Sacha sacó del bolsillo
la petaca de plata y la colocó en mis labios. Bebí un trago de vodka que
calentó mi sangre y poco a poco volví a la conciencia.
Salimos del Palacio de
invierno. Caminamos despacio pues mis pies estaban sangrando debido a la
jornada anterior.
Cuando pasamos por la
Plaza roja, la multitud gritaba jubilosa. Lenin estaba dando su primer
discurso. Era un orador excelente y cuando mencionó que Rusia pondría fin a la
guerra y entregaría la tierra a los campesinos, la plaza se estremeció con el
grito de victoria seguido por la canción: Adiós
a los muertos.
En Petrogrado reinaba una
calma aparente. Estaba cayendo la primera nevada de invierno. Miré por la
ventanilla del automóvil de Sacha hacia el exterior. Las torres encebolladas de
la ciudad con sus brillantes y alegres colores resplandecían imponentes como
las banderas bolcheviques que ondeaban en la plaza roja.
Los bolcheviques no
perdieron tiempo. Sus tropas comenzaron a limpiar la ciudad quitando las
banderas del zar y de los republicanos para reemplazarlas por la bandera roja.
Mis ojos se llenaron de lágrimas cuando el coche pasó por el Mariinsky: Los
obreros socialistas estaban quitando los banderines de la realeza, el teatro se
convirtió en un edificio desnudo y triste.
―¡Adiós a mi amada San
Petersburgo: a ti también te he perdido para siempre junto con todos los
recuerdos de mi brillante juventud!
Sacha me llevó a Tula,
pensamos que en el campo estaríamos a salvo mientras llegaba la primavera y
encontrábamos un barco que nos pudiera sacar de Rusia. Un mes después, recibí
una carta de la maestra Agrippina Vaganova comunicándome el cierre de la
Escuela de ballet imperial ruso porque los bolcheviques la consideraban
representante del viejo imperio zarista.
La mañana del 3 de abril,
cuando estaba desayunando, los soldados de la Guardia roja llamaron a la puerta
y entraron a la propiedad de Sacha. Confiscaron todo: Los candelabros de plata,
los espejos con marco de oro, las mantas y la ropa. Con tono burlón dijeron que
solo se necesitaban cinco prendas calientes, por persona, para sobrevivir al
invierno y se llevaron lo demás.
Sacha no hizo nada para
detenerlos. El gobierno bolchevique había promulgado una ley en la que se
confiscaban los bienes de los ricos terratenientes y burgueses para repartirlos
entre los pobres. Él besó mi frente y me enseñó el lugar secreto, en el huerto
de patatas, donde ocultó el dinero fruto del contrabando y algunos objetos de
valor como la cubertería y joyas.
Una semana después
regresaron con un edicto que le comunicaba a Sacha que todas las tierras de sus
antepasados ya no le pertenecían a él, sino al Estado, y que el Estado las
había entregado a los campesinos. Solo le permitieron conservar la casa, que
nuevamente fue requisada, esta vez, se llevaron hasta los muebles.
A finales de mayo, nos
fuimos a vivir a Ekaterimburgo y nos hospedamos en la casa de la familia
Kirovski. Sacha no me explicó la razón para este cambio, aunque sospeché que
estaba relacionado con el hecho de que el zar y su familia estaban apresados en
la casa Ipatiev junto con unos pocos criados y el médico del zarévich.
Sacha salía a menudo con
sus amigos. Me dejaba en casa enseñando a las hijas del señor Kirovski ballet,
también les daba lecciones de francés para distraerme. Hasta que la noche del
10 de julio llegaron los oficiales de la Checa
y detuvieron a Sacha junto con sus amigos por el cargo de contrabando. También
me arrestaron por crimen contra la moral (homosexualismo) junto con la amante
de Kirovski, acusada de prostitución.
Me llevaron a un cuarto
donde leyeron los cargos y fui interrogado. Querían que les contara todo acerca
del complot para liberar a los Romanov y regresarlos al poder. No tenía idea de
lo que estaban hablando y negué todas las acusaciones en mi contra.
Me dieron una paliza y me
rasuraron la cabeza. Me obligaron a abordar un camión con destino a Siberia donde
esperaban “reformarme” en los campos de trabajo forzado, pero antes de que el
vehículo se pusiera en marcha, un oficial me liberó y me echó a la calle sin
darme información de Sacha y los demás.
Eso ocurrió la mañana del
16 julio, cuando la ciudad de Ekaterimburgo se estremecía con la noticia de la
ejecución del zar y su familia en el sótano de la casa Ipatiev. Los detalles de
la ejecución fueron tan escabrosos que solo algunos pasquines sensacionalistas
se atrevieron a contar la manera en que fueron baleados. Las hijas del zar,
habían ocultado joyas en sus corsés y cuando les dispararon algunas balas
rebotaron, al ver que las muchachas no morían, las remataron a golpes de
bayoneta.
Así dio inicio el terror
rojo.
Hambriento, me senté en
un banco del parque donde encontré un mendrugo de pan olvidado y lo comí como
si fuera el banquete más delicioso que hubiera probado en la vida. Encontré la
página de un periódico con fecha del 13 de julio, en el que se anunciaba el
fusilamiento del hermano del zar, el gran duque Mikhail, quien vivía en la
ciudad de Perm.
Regresé a Tula en un tren
de carga oculto junto a unos borrachos. Uno de ellos se jactaba narrando el
fusilamiento de los primos del zar junto con la princesa Elena de Serbia en Alapaevsk,
dijo que estuvo entre los hombres que arrojaron los cuerpos en una mina
abandonada.
Me estremecí e hice un
minuto de silencio por la muerte del Imperio ruso.
La casa que compartí con
Sacha estaba vacía sin su presencia, durante nuestra ausencia fue saqueada y se
llevaron lo poco que quedaba de su vieja gloria.
Todos los días arañaba la
tierra cosechando nabos y patatas para poder comer y, por las tardes me quedaba
con la mirada fija en el camino esperando a Sacha. Tenía la esperanza de que al
salir de la prisión él vendría a buscarme. Algunos aristócratas fueron dejados
en libertad después del asesinato de los Romanov y regresaron a sus hogares, por
eso esperé varias semanas por alguna noticia de Sacha.
Una mañana, escuché el
sonido de una carreta acercándose. Los hombres de la Guardia roja tiraron en la
puerta de la casa, el cadáver de Sacha. Había sido fusilado por conspiración el
día 25 de julio.
―Su última voluntad fue
que lo trajéramos a este lugar. ―Me arrojaron en la cara una copia de la
sentencia de muerte para que se la enviara a su viuda.
Cavé la tumba en el
huerto y allí lo enterré. Fue una despedida bastante silenciosa, me quedé a
solas con él en la hora más oscura del amanecer. Contemplando su tumba y
recordando el vals que juntos bailamos en el jardín del Palacio de invierno.
Una lágrima se deslizó por mi mejilla por él, quien tanto me amó y por mí,
incapaz de corresponder honestamente a sus sentimientos.
Un día fui el bailarín
más talentoso del Imperio ruso. Un día entretuve con mi grácil talento al zar y
su familia. Fui amado por unos, envidiado por otros. Un día me bañé en champaña
y vestí las más lujosas prendas. Un día bailé vals bajo los faroles del jardín
de un palacio en los brazos de mi amante. Ahora solo veo el ondear de la
bandera roja y mis ojos se anegan con las lágrimas al saber que Andrushka murió
por la causa bolchevique cuyo ideal de libertad, solo cambió los barrotes de
una jaula por otra.
¿Qué me depara el
futuro? No lo sé. Después de despedirme de Sacha avancé hacia la frontera
dispuesto a dejar Rusia. No miré atrás. Las puertas al mundo del pasado debían
cerrarse para siempre.

Que buena pinta!!!!Deseando leerla.Bella MP
ResponderEliminarSe ve muy bien. Buena semana. Besos
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